Le dimos un nombre a la nada. Antes, solíamos pensar que tenía que quedarse así, como un cero, libre de números a la derecha y a la izquierda. Queríamos dejarla donde estaba: sobre el maizal, bajo un cielo que nunca terminaba de ser un cielo sino un pedazo del ojo suspendido, enmarcado en una imagen a veces nublada. No queríamos nada, solo la nada; la queríamos como esfera, la queríamos como fuera. No éramos felices y tampoco éramos dueños de nuestra fe. Caminábamos, sí, pero el camino solo era una forma obvia de mover la ambigüedad de la vida. El camino y lo que dejábamos, el camino y lo que creíamos cargar, el camino y la meta que soñamos: librar las otras ausencias. Pero nada. Fue la nada. Le llamamos nada. Éramos peregrinos que jamás llegarían. Éramos el camino, no teníamos final.
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Hace 3 días

3 comentarios:
A veces tenemos que nombrar las cosas para caminarlas... aunque al final, nos alcance el vacío y nos llenemos de nada. Hermoso.
Todo es camino.
Proceso.
Ahí está la clave de todo...
Te nombro en el silencio de la tarde que se precipita en la profundidad de tus letras.
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